La Pata de Mono. W.W Jacobs

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La Pata de Mono. W.W Jacobs

…”—Quiero doscientas libras —pronunció el señor White.
Un gran estrépito del piano contestó a sus palabras. El señor White
dio un grito. Su mujer y su hijo corrieron hacia él.
—Se movió —dijo, mirando con desagrado el objeto, y lo dejó caer
—. Se retorció en mi mano como una víbora.”…

La Pata de Mono. W.W Jacobs

La Pata de Mono. W.W Jacobs

     W.W Jacobs nos muestra el terror, pero esta vez ese que nace de la avaricia, de la ambición del hombre.

“La Pata de Mono” nos muestra como un elemento maligno hecho para castigar nuestra

ambición y deseos de cambiar el destino puede mostrarnos los peligros de jugar a ser dioses.

     En la misma temática de “El Diablo en la Botella” de Robert Louis Stevenson y

“El Mantel de Onagro” o “La Piel de Zapa” de Honoré de Balzac, demuestra como

nuestras debilidades terminan por hacernos vivir momentos de terror y nos condenan ante entidades malditas.

 

La Pata de Mono. W.W Jacobs

I

La noche era fría y húmeda, pero en la pequeña sala de Laburnum

Villa los postigos estaban cerrados y el fuego ardía vivamente. Padre e

hijo jugaban al ajedrez. El primero tenía ideas personales sobre el juego

y ponía al rey en tan desesperados e inútiles peligros que provocaba el

comentario   de   la   vieja   señora   que   tejía   plácidamente   junto   a   la

chimenea.

—Oigan el  viento —dijo el  señor White; había cometido un error

fatal y trataba de que su hijo no lo advirtiera.

—Lo oigo —dijo éste moviendo implacablemente la reina—. Jaque.

—No creo que venga esta noche —dijo el padre con la mano sobre

el tablero.

—Mate —contestó el hijo.

—Esto es lo malo de vivir tan lejos —vociferó el señor White con

imprevista y repentina violencia—.  De todos  los suburbios,  este es el

peor. El camino es un pantano. No se qué piensa la gente. Como hay

sólo dos casas alquiladas, no les importa.

—No te aflijas, querido —dijo suavemente su mujer—, ganarás la

próxima vez.

El señor White alzó la vista y sorprendió una mirada de complicidad

entre madre e hijo. Las palabras murieron en sus labios y disimuló un

gesto de fastidio.

—Ahí viene —dijo Herbert White al oír el golpe del portón y unos

pasos   que   se   acercaban.   Su   padre   se   levantó   con   apresurada

hospitalidad   y   abrió   la   puerta;   le   oyeron   condolerse   con   el   recién

venido.

Luego, entraron. El forastero era un hombre fornido, con los ojos

salientes y la cara rojiza.

—El sargento mayor Morris —dijo el señor White, presentándolo. El

sargento les dio la mano, aceptó la silla que le ofrecieron y observó con

satisfacción que el dueño de casa traía whisky y unos vasos y ponía una

pequeña pava de cobre sobre el fuego.

Al tercer vaso, le brillaron los ojos y empezó a hablar. La familia

miraba   con   interés   a   ese   forastero   que   hablaba   de   guerras,   de

epidemias y de pueblos extraños.

—Hace veintiún años —dijo el señor White sonriendo a su mujer y

a su hijo—. Cuando se fue era apenas un muchacho. Mírenlo ahora.

—No   parece   haberle   sentado   tan  mal  —dijo   la   señora  White

amablemente.

—Me gustaría ir a la India —dijo el señor White—. Sólo para dar un

vistazo.

—Mejor  quedarse aquí  —replicó el  sargento moviendo  la cabeza.

Dejó el vaso y, suspirando levemente, volvió a sacudir la cabeza.

—Me gustaría ver los viejos templos y faquires y malabaristas —

dijo   el   señor  White—.   ¿Qué   fue,   Morris,   lo   que   usted   empezó   a

contarme los otros días, de una pata de mono o algo por el estilo?

—Nada —contestó el soldado apresuradamente—. Nada que valga

la pena oír.

La Pata de Mono. W.W Jacobs

—¿Una pata de mono? —preguntó la señora White.

—Bueno, es lo que se llama magia, tal vez —dijo con desgana el

militar.

Sus  tres  interlocutores  lo miraron con avidez.  Distraídamente,  el

forastero llevó la copa vacía a los labios: volvió a dejarla. El dueño de

casa la llenó.

—A primera vista, es una patita momificada que no tiene nada de

particular —dijo el sargento mostrando algo que sacó del bolsillo.

La señora retrocedió, con una mueca. El hijo tomó la pata de mono

y la examinó atentamente.

—¿Y   qué   tiene   de   extraordinario?  —preguntó   el   señor   White

quitándosela a su hijo, para mirarla.

—Un viejo faquir le dio poderes mágicos —dijo el sargento mayor—

. Un hombre muy santo… Quería demostrar que el destino gobierna la

vida de  los hombres y que nadie puede oponérsele  impunemente.  Le

dio este poder: Tres hombres pueden pedirle tres deseos.

Habló   tan   seriamente   que   los   otros   sintieron   que   sus   risas

desentonaban.

—Y usted,  ¿por  qué no pide  las   tres   cosas? —preguntó Herbert

White.

El sargento lo miró con tolerancia.

—Las he pedido —dijo, y su rostro curtido palideció.

—¿Realmente se cumplieron los tres deseos? —preguntó la señora

White.

—Se cumplieron —dijo el sargento.

—¿Y nadie más pidió? —insistió la señora.

—Sí, un hombre. No sé cuáles fueron las dos primeras cosas que

pidió; la tercera fue la muerte. Por eso entré en posesión de la pata de

mono.

La Pata de Mono. W.W Jacobs

Habló con tanta gravedad que produjo silencio.

—Morris,  si obtuvo sus tres deseos, ya no le sirve el talismán —

dijo, finalmente, el señor White—. ¿Para qué lo guarda?

El sargento sacudió la cabeza:

—Probablemente he tenido, alguna vez, la idea de venderlo; pero

creo que no lo haré. Ya ha causado bastantes desgracias. Además, la

gente no quiere comprarlo.  Algunos sospechan que es un cuento de

hadas; otros quieren probarlo primero y pagarme después.

—Y si a usted le concedieran tres deseos más —dijo el señor White

—, ¿los pediría?

—No sé —contestó el otro—. No sé.

Tomó la pata de mono, la agitó entre el pulgar y el índice y la tiró

al fuego. White la recogió.

—Mejor que se queme —dijo con solemnidad el sargento.

—Si usted no la quiere, Morris, démela.

—No quiero —respondió terminantemente—. La tiré al fuego; si la

guarda, no me eche la culpa de lo que pueda suceder. Sea razonable,

tírela.

El   otro   sacudió   la   cabeza   y   examinó   su   nueva   adquisición.

Preguntó:

—¿Cómo se hace?

—Hay que tenerla en la mano derecha y pedir los deseos en voz

alta. Pero le prevengo que debe temer las consecuencias.

—Parece   de   Las  mil   y   una   noches  —dijo   la   señora  White.   Se

levantó a preparar la mesa—. ¿No le parece que podrían pedir para mí

otro par de manos?

El señor White sacó del bolsillo el talismán; los tres se rieron al ver

la expresión de alarma del sargento.

—Si está resuelto a pedir algo —dijo agarrando el brazo de White—

pida algo razonable.

El   señor  White guardó  en el  bolsillo  la pata de mono.   Invitó a

Morris  a sentarse a  la mesa.  Durante  la  comida el   talismán  fue,  en

cierto modo, olvidado.  Atraídos, escucharon nuevos relatos de la vida

del sargento en la India.

—Si en el cuento de la pata de mono hay tanta verdad como en los

otros —dijo Herbert cuando el forastero cerró la puerta y se alejó con

prisa, para alcanzar el último tren—, no conseguiremos gran cosa.

—¿Le diste algo? —preguntó la señora mirando atentamente a su

marido.

—Una   bagatela   —contestó   el   señor   White,   ruborizándose

levemente—. No quería aceptarlo, pero lo obligué. Insistió en que tirara

el talismán.

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—Sin duda —dijo Herbert,  con  fingido horror—,  seremos  felices,

ricos   y  famosos.  Para  empezar   tienes  que  pedir  un  imperio,  así  no

estarás dominado por tu mujer.

El   señor  White   sacó   del   bolsillo   el   talismán   y   lo   examinó   con

perplejidad.

—No   se  me   ocurre  nada   para   pedirle  —dijo   con   lentitud—.  Me

parece que tengo todo lo que deseo.

—Si pagaras la hipoteca de la casa serías feliz, ¿no es cierto? —dijo

Herbert poniéndole la mano sobre el hombro—. Bastará con que pidas

doscientas libras.

El padre sonrió avergonzado de su propia credulidad y levantó el

talismán; Herbert puso una cara solemne, hizo un guiño a su madre y

tocó en el piano unos acordes graves.

—Quiero doscientas libras —pronunció el señor White.

Un gran estrépito del piano contestó a sus palabras. El señor White

dio un grito. Su mujer y su hijo corrieron hacia él.

—Se movió —dijo, mirando con desagrado el objeto, y lo dejó caer

—. Se retorció en mi mano como una víbora.

—Pero yo no veo el dinero —observó el hijo, recogiendo el talismán

y poniéndolo sobre la mesa—. Apostaría que nunca lo veré.

—Habrá  sido  tu  imaginación,  querido —dijo  la mujer,  mirándolo

ansiosamente.

Sacudió la cabeza.

—No importa. No ha sido nada. Pero me dio un susto.

Se sentaron junto al fuego y los dos hombres acabaron de fumar

sus   pipas.   El   viento   era  más   fuerte   que   nunca.   El   señor  White   se

sobresaltó  cuando golpeó una puerta en  los  pisos  altos.  Un  silencio

inusitado y deprimente los envolvió hasta que se levantaron para ir a

acostarse.

—Se me ocurre que encontrarás el dinero en una gran bolsa,  en

medio de  la cama —dijo Herbert  al  darles  las buenas noches—.  Una

aparición horrible,  agazapada encima del   ropero,   te acechará cuando

estés guardando tus bienes ilegítimos.

Ya solo, el señor White se sentó en la oscuridad y miró las brasas,

y vio caras en ellas. La última era tan simiesca, tan horrible, que la miró

con asombro; se rió, molesto, y buscó en la mesa su vaso de agua para

echárselo encima y apagar la brasa; sin querer, tocó la pata de mono;

se estremeció, limpió la mano en el abrigo y subió a su cuarto.

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II

A la mañana siguiente, mientras tomaba el desayuno en la claridad

del sol invernal, se rió de sus temores. En el cuarto había un ambiente

de prosaica salud que faltaba la noche anterior; y esa pata de mono;

arrugada y sucia, tirada sobre el aparador, no parecía terrible.

—Todos  los viejos militares son  iguales —dijo  la señora White—.

¡Qué idea, la nuestra, escuchar esas tonterías! ¿Cómo puede creerse en

talismanes en esta época? Y si consiguieras las doscientas libras, ¿qué

mal podrían hacerte?

—Pueden caer de arriba y lastimarte la cabeza —dijo Herbert.

—Según   Morris,   las   cosas   ocurrían   con   tanta   naturalidad   que

parecían coincidencias —dijo el padre.

—Bueno, no vayas a encontrarte con el dinero antes de mi vuelta

—dijo Herbert, levantándose de la mesa—. No sea que te conviertas en

un avaro y tengamos que repudiarte.

La madre se rió, lo acompañó hasta afuera y lo vio alejarse por el

camino; de vuelta a la mesa del comedor, se burló de la credulidad del

marido.

Sin embargo, cuando el cartero llamó a la puerta corrió a abrirla, y

cuando   vio   que   sólo   traía   la   cuenta  del   sastre   se   refirió   con  cierto

malhumor a los militares de costumbres intemperantes.

—Me parece que Herbert   tendrá  tema para sus bromas —dijo al

sentarse.

—Sin duda —dijo el señor White—. Pero, a pesar de todo, la pata

se movió en mi mano. Puedo jurarlo.

—Habrá sido en tu imaginación —dijo la señora suavemente.

—Afirmo que  se movió.  Yo no estaba  sugestionado.  Era…  ¿Qué

sucede?

Su mujer no  le contestó.  Observaba  los misteriosos movimientos

de un hombre que rondaba la casa y no se decidía a entrar. Notó que el

hombre estaba bien vestido y que tenía una galera nueva y reluciente;

pensó en  las doscientas  libras.  El  hombre se detuvo  tres veces en el

portón; por fin se decidió a llamar.

La Pata de Mono. W.W Jacobs

Apresuradamente,   la   señora   White   se   quitó   el   delantal   y   lo

escondió debajo del almohadón de la silla.

Hizo   pasar   al   desconocido.   Éste   parecía   incómodo.   La  miraba

furtivamente, mientras ella le pedía disculpas por el desorden que había

en   el   cuarto   y   por   el   guardapolvo   del  marido.   La   señora   esperó

cortésmente que les dijera el motivo de la visita; el desconocido estuvo

un rato en silencio.

—Vengo de parte de Maw & Meggins —dijo por fin.

La señora White tuvo un sobresalto.

—¿Qué pasa? ¿Qué pasa? ¿Le ha sucedido algo a Herbert?

Su marido se interpuso.

—Espera, querida. No te adelantes a los acontecimientos. Supongo

que usted no trae malas noticias, señor.

Y lo miró patéticamente.

—Lo siento… —empezó el otro.

—¿Está herido? —preguntó, enloquecida, la madre.

El hombre asintió.

—Mal herido —dijo pausadamente—. Pero no sufre.

—Gracias  a Dios  —dijo   la   señora  White,   juntando   las  manos—.

Gracias a Dios.

Bruscamente   comprendió   el   sentido   siniestro   que   había   en   la

seguridad que le daban y vio la confirmación de sus temores en la cara

significativa del  hombre.  Retuvo  la respiración,  miró a su marido que

parecía  tardar  en comprender,  y  le  tomó  la mano  temblorosamente.

Hubo un largo silencio.

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—Lo agarraron las máquinas —dijo en voz baja el visitante.

—Lo agarraron las máquinas —repitió el señor White, aturdido.

Se sentó, mirando fijamente por la ventana; tomó la mano de su

mujer, la apretó en la suya, como en sus tiempos de enamorados.

—Era el único que nos quedaba —le dijo al visitante—. Es duro.

El otro se levantó y se acercó a la ventana.

—La compañía me ha encargado que le exprese sus condolencias

por   esta   gran   pérdida  —dijo   sin   darse   la   vuelta—.   Le   ruego   que

comprenda que soy tan sólo un empleado y que obedezco las órdenes

que me dieron.

No hubo respuesta. La cara de la señora White estaba lívida.

—Se  me   ha   comisionado   para   declararles   que  Maw & Meggins

niegan toda responsabilidad en el accidente —prosiguió el otro—. Pero

en consideración a los servicios prestados por su hijo, le remiten una

suma determinada.

El  señor White soltó  la mano de su mujer y,   levantándose,  miró

con   terror   al   visitante.   Sus   labios   secos   pronunciaron   la   palabra:

¿cuánto?

—Doscientas libras —fue la respuesta.

Sin  oír   el   grito  de  su mujer,   el   señor  White   sonrió   levemente,

extendió los brazos, como un ciego, y se desplomó, desmayado.

III

En el cementerio nuevo, a unas dos millas de distancia, marido y

mujer dieron sepultura a su muerto y volvieron a la casa transidos de

sombra y de silencio.

Todo pasó  tan pronto que al  principio  casi  no  lo entendieron y

quedaron esperando alguna otra cosa que les aliviara el dolor. Pero los

días   pasaron   y   la   expectativa   se   transformó   en   resignación,   esa

desesperada resignación de los viejos, que algunos llaman apatía. Pocas

veces  hablaban,   porque  no   tenían  nada   que   decirse;   sus   días   eran

interminables hasta el cansancio.

Una semana después, el señor White, despertándose bruscamente

en la noche, estiró la mano y se encontró solo.

El   cuarto estaba a oscuras;  oyó  cerca de  la ventana,  un  llanto

contenido. Se incorporó en la cama para escuchar.

La Pata de Mono. W.W Jacobs

—Vuelve a acostarte —dijo tiernamente—. Vas a coger frío.

—Mi hijo tiene más frío —dijo la señora White y volvió a llorar.

Los   sollozos   se desvanecieron en  los  oídos  del   señor  White.   La

cama estaba tibia, y sus ojos pesados de sueño. Un despavorido grito

de su mujer lo despertó.

—La pata de mono —gritaba desatinadamente—, la pata de mono.

El señor White se incorporó alarmado.

—¿Dónde? ¿Dónde está? ¿Qué sucede?

Ella se acercó:

—La quiero. ¿No la has destruido?

—Está en la sala, sobre la repisa —contestó asombrado—. ¿Por qué

la quieres?

Llorando y riendo se inclinó para besarlo, y le dijo histéricamente:

—Sólo ahora he pensado…  ¿Por qué no he pensado antes? ¿Por

qué tú no pensaste?

—¿Pensaste en qué? —preguntó.

—En  los otros dos deseos —respondió en seguida—.  Sólo hemos

pedido uno.

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—¿No fue bastante?

—No —gritó ella triunfalmente—. Le pediremos otro más. Búscala

pronto y pide que nuestro hijo vuelva a la vida.

El hombre se sentó en la cama, temblando.

—Dios mío, estás loca.

—Búscala pronto y pide —le balbuceó—; ¡mi hijo, mi hijo!

El hombre encendió la vela.

—Vuelve a acostarte. No sabes lo que estás diciendo.

—Nuestro primer deseo se cumplió. ¿Por qué no hemos de pedir el

segundo?

—Fue una coincidencia.

—Búscala y desea —gritó con exaltación la mujer.

El marido se volvió y la miró:

—Hace diez días que está muerto y además, no quiero decirte otra

cosa,   lo reconocí  por el   traje.  Si  ya entonces era demasiado horrible

para que lo vieras…

—¡Tráemelo!  —gritó   la  mujer   arrastrándolo   hacia   la   puerta—.

¿Crees que temo al niño que he criado?

El señor White bajó en la oscuridad, entró en la sala y se acercó a

la repisa.

El talismán estaba en su lugar. Tuvo miedo de que el deseo todavía

no formulado trajera a su hijo hecho pedazos, antes de que él pudiera

escaparse del cuarto.

Perdió la orientación. No encontraba la puerta. Tanteó alrededor de

la mesa y a lo largo de la pared y de pronto se encontró en el zaguán,

con el maligno objeto en la mano.

Cuando entró en el dormitorio, hasta la cara de su mujer le pareció

cambiada. Estaba ansiosa y blanca y tenía algo sobrenatural.  Le tuvo

miedo.

—¡Pídelo! —gritó con violencia.

—Es absurdo y perverso —balbuceó.

—Pídelo —repitió la mujer.

El hombre levantó la mano:

—Deseo que mi hijo viva de nuevo.

El   talismán   cayó  al   suelo.  El   señor  White   siguió  mirándolo   con

terror. Luego, temblando, se dejó caer en una silla mientras la mujer se

acercó a la ventana y levantó la cortina. El hombre no se movió de allí,

hasta que el frío del alba lo traspasó. A veces miraba a su mujer que

estaba en la ventana. La vela se había consumido; hasta casi apagarse.

Proyectaba en las paredes y el techo sombras vacilantes.

Con un inexplicable alivio ante el fracaso del talismán, el hombre

volvió a la cama; un minuto después, la mujer, apática y silenciosa, se

acostó a su lado.

No hablaron; escuchaban el latido del reloj. Crujió un escalón. La

oscuridad era opresiva; el señor White juntó coraje, encendió un fósforo

y bajó a buscar una vela.

Al pie de la escalera el fósforo se apagó. El señor White se detuvo

para   encender   otro;   simultáneamente   resonó   un   golpe   furtivo,   casi

imperceptible, en la puerta de entrada.

Los fósforos cayeron. Permaneció  inmóvil, sin respirar, hasta que

se repitió el golpe. Huyó a su cuarto y cerró la puerta. Se oyó un tercer

golpe.

La Pata de Mono. W.W Jacobs

—¿Qué es eso? —gritó la mujer.

—Un   ratón  —dijo   el   hombre—.   Un   ratón.   Se  me   cruzó   en   la

escalera.

La mujer se incorporó. Un fuerte golpe retumbó en toda la casa.

—¡Es   Herbert!   ¡Es   Herbert!  —La   señora  White   corrió   hacia   la

puerta, pero su marido la alcanzó.

—¿Qué vas a hacer? —le dijo ahogadamente.

—¡Es mi hijo; es Herbert! —gritó  la mujer,  luchando para que  la

soltara—.  Me había olvidado de que el  cementerio está a dos millas.

Suéltame; tengo que abrir la puerta.

—Por   amor   de   Dios,   no   lo   dejes   entrar   —dijo   el   hombre,

temblando.

—¿Tienes  miedo de  tu propio hijo? —gritó—.  Suéltame.  Ya voy,

Herbert; ya voy.

Hubo dos  golpes  más.   La mujer   se  libró  y huyó del   cuarto.  El

hombre la siguió y la llamó, mientras bajaba la escalera. Oyó el ruido

de  la  tranca de abajo;  oyó el   cerrojo;  y  luego,   la voz de  la mujer,

anhelante:

—La tranca —dijo—. No puedo alcanzarla.

Pero el marido, arrodillado, tanteaba el piso, en busca de la pata de

mono.

—Si pudiera encontrarla antes de que eso entrara…

Los golpes volvieron a resonar en toda la casa. El señor White oyó

que su mujer acercaba una silla; oyó el ruido de la tranca al abrirse; en

el   mismo   instante   encontró   la   pata   de   mono   y,   frenéticamente,

balbuceó el tercer y último deseo.

Los golpes cesaron de pronto; aunque los ecos resonaban aún en la

casa. Oyó retirar la silla y abrir la puerta. Un viento helado entró por la

escalera,  y un  largo y desconsolado alarido de su mujer  le dio valor

para correr hacia ella y luego hasta el portón. El camino estaba desierto

y tranquilo.

FIN

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