Aceite de Perro. Ambrose Bierce

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   Aceite de Perro. Ambrose Bierce

 

  Este relato de terror da muestra fiel de porque a su autor, Ambrose Bierce, algunos de sus críticos le denominaban El Amargo Bierce.

    Un manejo de la ironía sin par, y un estilo muy ácido, hacen a sus cuentos no aptos para menores, la crueldad se mezcla con el humor negro en sus relatos de terror y

“Aceite de Perro” no es la excepción,ejemplo cumbre es el momento en que el joven considera un crimen lanzar el cadáver del niño al caldero, es un crimen porque el caldero se usa para hervir a los perros..!!

    Forma parte de una antología bautizada como “El Club de los Parricidas” compuesta de cuatro cuentos de terror.

     Sin mas preámbulos les dejo con este cuento de terror, espero me disculpen los amantes de los animales, pero la literatura y la cultura general se imponen ante todo.

ACEITE DE PERRO.

     Me llamo Boffer Bings. Nací de padres honestos en uno de los más humildes

caminos de la vida: mi padre era fabricante de aceite de perro y mí madre

poseía un pequeño estudio, a la sombra de la iglesia del pueblo, donde se

ocupaba de los no deseados. En la infancia me inculcaron hábitos industriosos;

no solamente ayudaba a mi padre a procurar perros para sus cubas, sino que

frecuencia era empleado por mi madre para eliminar los restos de su trabajo en

el estudio. Para cumplir este deber necesitaba a veces toda mi natural

inteligencia, porque todos los agentes de ley de los alrededores se oponían al

negocio de mi madre. No eran elegidos con el mandato de oposición, ni el

asunto había sido debatido nunca políticamente: simplemente era así.

     La ocupación de mi padre -hacer aceite de perro- era naturalmente menos

impopular, aunque los dueños de perros desaparecidos lo miraban a veces con

sospechas que se reflejaban, hasta cierto punto, en mí. Mi padre tenía, como

socios silenciosos, a dos de los médicos del pueblo, que rara vez escribían una

receta sin agregar lo que les gustaba designar Oil Can. Es realmente la

medicina más valiosa que se conoce; pero la mayoría de las personas es reacia

a realizar sacrificios personales para los que sufren, y era evidente que muchos

de los perros más gordos del pueblo tenían prohibido jugar conmigo, hecho que

afligió mi joven sensibilidad y en una ocasión estuvo a punto de hacer de mí un

pirata.

Aceite de Perro. Ambrose Bierce

     A veces, al evocar aquellos días, no puedo sino lamentar que, al conducir

indirectamente a mis queridos padres a su muerte, fui el autor de desgracias

que afectaron profundamente mi futuro.

Una noche, al pasar por la fábrica de aceite de mi padre con el cuerpo de un

niño rumbo al estudio de mi madre, vi a un policía que parecía vigilar

atentamente mis movimientos. Joven como era, yo había aprendido que los

actos de un policía, cualquiera sea su carácter aparente, son provocados por los

motivos más reprensibles, y lo eludí metiéndome en la aceitería por una puerta

lateral casualmente entreabierta. Cerré en seguida y quedé a solas con mi

muerto. Mi padre ya se había retirado. La única luz del lugar venía de la

hornalla, que ardía con un rojo rico y profundo bajo uno de los calderos,

arrojando rubicundos reflejos sobre las paredes.

      Dentro del caldero el aceite

giraba todavía en indolente ebullición y empujaba ocasionalmente a la superficie

un trozo de perro. Me senté a esperar que el policía se fuera, el cuerpo desnudo

del niño en mis rodillas, y le acaricié tiernamente el pelo corto y sedoso. ¡Ah,

qué guapo era! Ya a esa temprana edad me gustaban apasionadamente los

niños, y mientras miraba al querubín, casi deseaba en mi corazón de que la

pequeña herida roja de su pecho -la obra de mi querida madre- no hubiese sido

mortal.

     Era mi costumbre arrojar los niños al río que la naturaleza había provisto

sabiamente para ese fin, pero esa noche no me atreví a salir de la aceitería por

temor al agente. “Después de todo”, me dije, “no puede importar mucho que lo

ponga en el caldero. Mi padre nunca distinguiría los huesos de los de un

cachorro, y las pocas muertes que pudiera causar el reemplazo del

incomparable Oil Can por otra especie de aceite no tendrán mayor incidencia en

una población que crece tan rápidamente”. En resumen, di el primer paso en el

crimen y atraje sobre mí indecibles penurias arrojando el niño al caldero.

Al día siguiente, un poco para mi sorpresa, mí padre, frotándose las manos con

satisfacción, nos informó a mí y a mi madre que había obtenido un aceite de una

calidad nunca vista por los médicos a quienes había llevado muestras. Agregó

que no tenía conocimiento de cómo se había logrado ese resultado: los perros

habían sido tratados en forma absolutamente usual, y eran de razas ordinarias.

Consideré mi obligación explicarlo, y lo hice, aunque mi lengua se habría

paralizado si hubiera previsto las consecuencias. Lamentando su antigua

ignorancia sobre las ventaja de una fusión de sus industrias, mis padres

tomaron de inmediato medidas para reparar el error.

 Mi madre trasladó su

estudio a un ala del edificio de la fábrica y cesaron mis deberes en relación con

sus negocios: ya no me necesitaban para eliminar los cuerpos de los pequeños

superfluos, ni había por qué conducir perros a su destino: mi padre los desechó

por completo, aunque conservaron un lugar destacado en el nombre del aceite.

Tan bruscamente impulsado al ocio, se podría haber esperado naturalmente

que me volviera ocioso y disoluto, pero no fue así. La sagrada influencia de mi

querida madre siempre me protegió de las tentaciones que acechan a la

juventud, y mi padre era diácono de la iglesia. ¡Ay, que personas tan estimables

llegaran por mi culpa a tan desgraciado fin!

Aceite de Perro. Ambrose Bierce

Al encontrar un doble provecho para su negocio, mi madre se dedicó a él con

renovada asiduidad. No se limitó a suprimir a pedido niños inoportunos: salía a

las calles y a los caminos a recoger niños más crecidos y hasta aquellos adultos

que podía atraer a la aceitería. Mi padre, enamorado también de la calidad

superior del producto, llenaba sus cubas con celo y diligencia. En pocas

palabras, la conversión de sus vecinos en aceite de perro llegó a convertirse en

la única pasión de sus vidas. Una ambición absorbente y arrolladora se apoderó

de sus almas y reemplazó en parte la esperanza en el Cielo que también los

inspiraba.

     Tan emprendedores eran ahora, que se realizó una asamblea pública en la que

se aprobaron resoluciones que los censuraban severamente. Su presidente

manifestó que todo nuevo ataque contra la población sería enfrentado con

espíritu hostil. Mis pobres padres salieron de la reunión desanimados, con el

corazón destrozado y creo que no del todo cuerdos. De cualquier manera,

consideré prudente no ir con ellos a la aceitería esa noche y me fui a dormir al

establo.

A eso de la medianoche, algún impulso misterioso me hizo levantar y atisbar por

una ventana de la habitación del horno, donde sabía que mi padre pasaba la

noche. El fuego ardía tan vivamente como si se esperara una abundante

cosecha para mañana. Uno de los enormes calderos burbujeaba lentamente,

con un misterioso aire contenido, como tomándose su tiempo para dejar suelta

toda su energía. Mi padre no estaba acostado: se había levantado en ropas de

dormir y estaba haciendo un nudo en una fuerte soga. Por las miradas que

echaba a la puerta del dormitorio de mi madre, deduje con sobrado acierto sus

propósitos. Inmóvil y sin habla por el terror, nada pude hacer para evitar o

advertir. De pronto se abrió la puerta del cuarto de mi madre, silenciosamente, y

los dos, aparentemente sorprendidos, se enfrentaron. También ella estaba en

ropas de noche, y tenía en la mano derecha la herramienta de su oficio, una

aguja de hoja alargada.

Tampoco ella había sido capaz de negarse el último lucro que le permitían la

poca amistosa actitud de los vecinos y mi ausencia. Por un instante se miraron

con furia a los ojos y luego saltaron juntos con ira indescriptible. Luchaban

alrededor de la habitación, maldiciendo el hombre, la mujer chillando, ambos

peleando como demonios, ella para herirlo con la aguja, él para ahorcarla con

sus grandes manos desnudas. No sé cuánto tiempo tuve la desgracia de

observar ese desagradable ejemplo de infelicidad doméstica, pero por fin,

después de un forcejeo particularmente vigoroso, los combatientes se separaron

repentinamente.

Aceite de Perro. Ambrose Bierce

     El pecho de mi padre y el arma de mi madre mostraban pruebas de contacto.

Por un momento se contemplaron con hostilidad, luego, mi pobre padre,

malherido, sintiendo la mano de la muerte, avanzó, tomó a mi querida madre en

los brazos desdeñando su resistencia, la arrastró junto al caldero hirviente,

reunió todas sus últimas energías ¡y saltó adentro con ella! En un instante

ambos desaparecieron, sumando su aceite al de la comisión de ciudadanos que

había traído el día anterior la invitación para la asamblea pública.

Convencido de que estos infortunados acontecimientos me cerraban todas las

vías hacia una carrera honorable en ese pueblo, me trasladé a la famosa ciudad

de Otumwee, donde se han escrito estas memorias, con el corazón lleno de

remordimiento por el acto de insensatez que provocó un desastre comercial tan

terrible.

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